Caminaba calle abajo.
Su única compañía era el propio eco de sus pisadas. Ese sonido le tranquilizaba, le encantaba sentirse arropado por él. Hacía tiempo que había conseguido controlarlo, podía evitar hacer el más mínimo ruido mientras se escurría entre la gente, de hecho, con suma frecuencia lo hacía, sobre todo cuando las calles estaban repletas.
Ahora no era el caso, la calle estaba completamente vacía. La luz tenue de las contadas farolas que salían a su encuentro proyectaba una sombra alargada de su propio yo, tan falsa e irreal como la que a él mismo le gustaba proyectar frente a los demás. Los edificios mostraban colores pálidos, apagados, sin más decoración que el brillo de las velas presentes en una de las ventanas que encontró en su camino.
La lluvia hizo acto de presencia, parecía ansiosa de acompañarle. Al principio él se dejó acariciar, besar suavemente por su frescor, y mientras caminaba la brisa húmeda mecía su cabello. Pero la lluvia se volvió avariciosa, quería más, no le bastaba una caricia e intentó cubrirlo con sus brazos. Sin duda para él no era el momento, así que con un gesto se desembarazó de ella y la alejó.
Caminó durante un tiempo indeterminado, con la tranquilidad de aquel que sabe que está seguro, que nadie puede tocarle si él no lo desea. Del mismo modo, caminó sin prisa, de la forma en que sólo lo pueden hacer aquellos a los que nadie espera. No tenía un sitio al que ir ni un lugar al que regresar, por lo que no merecía la pena moverse deprisa.
Sus pasos acabaron por llevarle a una puerta, una puerta grande, de madera, con cierta ornamentación que le resultaba pertubadoramente familiar. Ya había visto esa puerta antes, pero ¿cuándo? Mientras dejaba vagar su mente intentando recordar, a un lado de la puerta se iluminó un extraño dispositivo. Una serie de símbolos aparecieron, refulgían con un tono azulado y presentaban, lo que a todas luces debía de ser el modo para abrir la puerta.
No había duda, se encontraba, después de mucho tiempo, ante un nuevo acertijo...