
Nunca me ha importado tener una charla sin decir nada, es más, creo que muchas veces son las mejores. Uno no tiene porqué arreglar el mundo en cada conversación y una charla amistosa sobre ningún tema en concreto es algo perfectamente válido.
Pero hay momentos en los que sí te apetece saber, sobre todo en mi caso, que estoy tan lejos del hogar. La única manera que tengo de seguir en contacto con mis amigos es a través de lo que me cuentan, de las experiencias que viven. Compartiendo estas experiencias conmigo me hacen partícipe de ellas y por lo tanto me siento un poco menos lejos. Sin embargo, en ocasiones me excluyen, no me entero de las cosas porque prefieren no contármelas. Tal vez sea para no preocuparme, o simplemente porque están cansados de hablar de ello todo el día con los demás, pero el caso es que, de un modo u otro, yo me quedo fuera.
Supongo que es algo que debí haber imaginado que sucedería cuando me fui, que es lo lógico. Cuando no vives el día a día con una persona resulta difícil que todo siga igual (algo que no me sucede a mí, pero que sí sé que le sucede a otros).
No sé.
Lo que sí sé es que las noches son cada día más largas aquí, pronto el sol no será más que un fugaz destello en el cielo